domingo, julio 25, 2021

El gigante dormido
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Los comerciantes del Ingeniero Torroja son testigos de la vida que transcurre al cobijo de esta enorme cúpula

Aún no han dado las siete de la mañana, pero varios corredores se cruzan conmigo mientras camino por el paseo marítimo de Algeciras. Bajo por el algecireño callejón del Muro, una de las calles que conducen al Mercado Ingeniero Torroja. El silencio de la mañana, de una ciudad que despierta, contrasta en pocos minutos con el ruido de camiones, carros, cajas que van de un lado para otro, portalones que se abren, máquinas de café que empiezan a echar sus primeros cortados y el televisor de una famosa pescadería, donde los jóvenes, que deben llevar ya varias horas levantados, escuchan música más propia de la noche que del día.

Nos adentramos en el mercado de abastos de Algeciras, un edificio racionalista obra de Eduardo Torroja Miret, construido en el año 1935 en la plaza Nuestra Señora de la Palma. Este edificio, declarado Bien de Interés Cultural por la Consejería de Cultura en 2001, alberga uno de los centros de mayor actividad, protagonismo y carácter de la ciudad.

Aunque hay quien habla de su declive, algunos de los comerciantes con los que hablamos nos afirman lo contrario. Uno de ellos, que acaba de inaugurar una cafetería en las entrañas del Torroja, nos cuenta lo bien que le va al tiempo que pone un café a uno de los primeros clientes del día.

Carnicerías, charcuterías, panaderías, pescaderías, fruterías y puesto de huevos, recova, encurtidos, productos cocinados, especias, conservas…En el mercado algecireño, donde se mantienen activos y abiertos medio centenar de puestos de venta al público, el cliente encuentra todo tipo de productos.

Y detrás de cada mostrador, una historia de mucho sacrificio y jornadas que empiezan de madrugada. “Yo soy como aquel que decía que trabajaba como un negro para ganar como un blanco”, nos dice el propietario de una frutería mientras va de un lado para otro cargado de cajas de zanahorias, habichuelas y todo tipo de verduras y frutas. “Y todo esto para ganarle 30 céntimos a la verdura”, añade. 

Como suele suceder en este tipo puestos, cada uno de ellos ha sido regentado por diferentes miembros de una misma familia. Para algunos son un salvavidas para aquella hermana que se quedó en paro o ese hijo que no termina de encontrar trabajo a pesar de estar licenciado, tener un master y hablar dos idiomas. 

Es el caso del hijo de Fernando García Mena, presidente de la asociación que los agrupa a todos. “Tengo aquí a mi hijo a la espera de encontrar algo. Mientras tanto, toca ayudar con el negocio familiar. Esto es lo que ocurre en este país. Que nos gastamos el dinero en pagarle carreras a nuestros hijos y luego se los llevan los alemanes”, explica Fernando.

La mayoría de los comerciantes con los que hablamos son optimistas y no quieren hablar del fin de los mercados tradicionales. “Nos viene mucha gente joven también. El mercado no es solo de las abuelas. Hace años era impensable ver a un hombre por aquí. Ahora vienen con sus carritos y todo”, nos dice una pescadera. 

Como cualquier otro sector, obligado a renovarse o morir, los comerciantes del Torroja han innovado en sus productos y en las formas de pago, e intentan satisfacer las demandas de los consumidores actuales.

Fernando García, que ejerce de portavoz, reconoce que hay determinadas circunstancias, como la obra que ahora se está haciendo en el paseo marítimo o la falta de aparcamientos o de autobuses que lleguen hasta el mercado que no ayudan a que el Ingeniero Torroja siga creciendo, pero están trabajando para seguir avanzando hacia otros modelos y dinamizar la zona.

“Nos viene mucha gente joven también. El mercado no es solo de las abuelas. Hace años era impensable ver a un hombre por aquí. Ahora vienen con sus carritos»

“Nos gustaría poder tener un horario de tarde, al menos para los que quisieran venir, o instalar algún puesto más de hostelería, pequeños bares, como se está haciendo en algunos sitios. Pero de forma equilibrada, no queremos desvirtuar el sentido del mercado. Hay algunos que ya se han convertido en lugares a los que solo se va a comer, y no a comprar”, explica el presidente del colectivo.

Fuera, alrededor de la cúpula de casi 50 metros de diámetro, la vida parece distinta. “Cuando el tiempo está bien es fácil estar aquí, pero los días de lluvia o de viento es muy sacrificado. Había un proyecto para instalar puestos fijos en los alrededores del mercado pero finalmente no se llevó a cabo. Sería bueno tener un puesto fijo y poder venir por las tardes si nos apetece. Pero montar y desmontar cada día llueva o haga viento es muy duro”, nos cuenta la propietaria de una frutería junto a varias de sus hermanas. 

Mientras recorro los puestos el tiempo va pasando. Ni siquiera son las ocho de la mañana pero ya los primeros clientes del día están haciendo sus compras y en apenas unas horas los distintos pasillos, fuera y dentro del Torroja, comenzarán a llenarse de gente. 

Me despido de todos ellos deseándoles un futuro mejor o, al menos, un nuevo tiempo que les permita seguir siendo partícipes de una historia, de una tradición. Todos ellos son, al fin y al cabo, testigos de la vida de una ciudad al cobijo de una enorme cúpula. 

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