Tapabocas

346

Esto que te levantas a las siete menos cuarto de la mañana para poner en marcha tu día a día. Son las nueve. Ya cuentas en tu haber con no pocas tareas y llega el momento de subirte al coche, camino del trabajo, y los escuchas. Oyes en tu emisora favorita a los políticos de este país, en su sesión de los miércoles en el Congreso de los Diputados. Ese día en el que, más que ningún otro, ponen de manifiesto que no están a la altura, que han dejado de estarlo hace mucho tiempo

Escribió Antonio Muñoz Molina en un artículo en El País, hace unos días, que la peor pandemia de este país son los políticos; y he oído decir a Iñaki Gabilondo que los ciudadanos andan huérfanos de políticos. Cada vez más, y cada día un poquito más, tertulianos, politólogos y académicos hablan a las claras de que ésta, la actual, podría ser la peor generación de políticos de este país, incapaces de llegar a ningún acuerdo, de ceder un ápice en su soberbia buscando el bien público, un concepto para el que nació la política pero que han olvidado de forma premeditada.

No voy a caer en la trampa fácil para afirmar que nuestros representantes públicos son prescindibles, porque no lo son, más bien todo lo contrario; pero sí muy mejorables. Esperaba mucho más de ellos. Y me refiero, sobre todo, a los que desde Madrid, ciudad con proyección mediática y reduccionista de este país, hablan al resto del mundo en nombre de todos nosotros. 

Gente joven. Muy preparada que, sin embargo, ha caído en esa marmita del marketing político, las redes sociales, las encuestas de valoración, y la política -en la mayoría de los casos, vacía- de los gestos y los símbolos. Ahí andan ellos en medio de una pandemia, en medio del goteo diario de fallecidos, del número de desempleados y encaminados a una ruina económica de la que tardaremos en salir. Nada de esto les importa, o al menos eso parece a los ojos de quienes nos levantamos cada mañana y les oímos hablar de ellos, únicamente de ellos.  

Queridos representantes políticos de este país, tengo un hijo de 11 años que acude a un colegio público. Pasa cinco horas seguidas con la mascarilla puesta para no perjudicar a su compañero o compañera de clase. Tengo un niño de 11 años que cuando sale al recreo apenas puede moverse en un cuadrado de unos 20 metros para no contagiar a sus compañeros; que no puede llevarse los libros a casa para no extender el contagio; que se limita a correr por el patio en las clases de Educación Física porque no puede tocar nada; que se limpia las manos con gel hidroalcohólico antes de entrar y salir de clase; antes y después de desayunar; antes de ir y volver del servicio… y así, cada día, cada mañana, convencido de que ésa, a sus 11 años, es su responsabilidad.

Este niño de 11 años y todos los que, como él, se esfuerzan cada día por no provocar más contagios están demostrando mucho más que ustedes; están pensando en su país y sus compatriotas, esas palabras que tanto les gusta usar, pero que no practican.

Queridos representantes políticos de este país. Les escribo para pedirles que, al menos durante 15 días, se quiten la mascarilla.

Con un tapabocas les irá mejor. Nos irá mejor a todos.