Lo esencial

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Una pancarta que hemos visto esta semana en las protestas de los hosteleros. Foto: Manolo Glez.

Cuánta razón encierran esos conocidos versos de Ramón de Campoamor que afirmaban, a mediados del siglo XIX, que en este mundo “nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Su validez ha quedado demostrada, una vez más, en estos días, semanas y meses de pandemia, cada vez que se ha ido anunciando una nueva medida contra el coronavirus, una nueva restricción de horarios, actividades o distancias… un nuevo y desesperado intento, en definitiva, de hacer frente a un enemigo invisible tratando de poner puertas al aire que respiramos.

Independientemente de que se pueda estar más o menos de acuerdo con la validez de algunas medidas, o sorprendido por la aparente incoherencia de otras, lo que sí parece estar quedando claro en este traicionero 2020 (una vez más) es que las crisis no nos golpean a todos por igual. Y que lo que es bueno para unos, acaba siendo malo para otros, por bienintencionadas que sean las razones que motiven una limitación de aforo, obliguen a bajar una persiana o impidan que dos personas que se quieren crucen los kilómetros que sean necesarios para verse y comerse a besos.

Mientras escribo estas líneas, en mi tierra están limitadas (en unos casos) y prácticamente prohibidas (en otros) las actividades “no esenciales”. Pero claro… ¿no esenciales para quién? ¿O para qué? Se supone que para la salud de todos, obviamente, y dicen los “expertos” que también para la economía, aunque en este caso la tozuda realidad demuestre que no para la de todos.

En estos días, los hosteleros de numerosas ciudades de Andalucía, también los de nuestra comarca, han salido a la calle para recordar que su actividad sí es esencial, al menos para ellos, ya que es la que les permite llevar comida a casa, pagar las facturas y dormir por las noches. Al igual que también es “esencial” para algunos restaurantes y comercios, como los ubicados en Guadacorte, Palmones o Sotogrande, que sus clientes de otros municipios puedan seguir cogiendo el coche sin miedo a multa, ya que sólo con el escueto vecindario local es absolutamente imposible que les cuadren las cuentas.

En cuanto a la cultura… ¿no es esencial? Obviamente, no para todo el mundo, aunque alimente el alma, combata soledades y haya a quienes vivir sin ella les baja el ánimo, la sonrisa y las defensas. Pero las nuevas normas de este semiconfinamiento dicen, hoy por hoy, que después de las 6 de la tarde sólo puede haber actividades “esenciales”, y eso no incluye por ahora a las librerías, ni tampoco a los cines, galerías, museos o teatros… Aunque suelan ser lugares (mucho menos “masificados” que cualquier mercadona) en los que resulta fácil guardar distancias de seguridad, y en los que el público, mayoritariamente respetuoso, carece de motivos para bajarse la mascarilla.

En cuanto a los desplazamientos entre municipios, provincias y regiones, a día de hoy (y mientras las cosas no mejoren, o empeoren y nos confinen del todo) tan sólo están permitidos por causas “justificadas”, basicamente: trabajo, estudios y salud. Ni por amistad ni por amor está permitido atravesar la frontera invisible que nos separa del resto de nuestro país, a no ser que se conviva con esa pareja, ese familiar o ese amigo, con derecho a roce o sin él, y haya un papelito que lo demuestre por escrito.

En fin, sé que lo que está pasando es muy serio, que el “bicho” mata, que los datos son tremendos, que aún falta para que nos pinchen con esa vacuna mil veces anunciada y que, mientras tanto, algo hay que hacer para frenar los contagios, aunque a veces parezca que nadie sepa muy bien qué. Y, sin embargo, no puedo evitar que me chirríen ciertas cosas, y que no termine de entender muy bien por qué unas actividades parecen tan “peligrosas” y otras tan poco… Será que sigo pensando que es cierto aquello que decía El Principito (en ese maravilloso libro que todos los adultos que olvidan que un día fueron niños deberían leer): que “lo esencial es invisible a los ojos”.