Encontrarnos con Ana Cabrera Calandria, responsable de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de La Línea, no ha sido fácil. Los sanitarios, sometidos ahora a una crisis sanitaria que pone en riesgo su propia supervivencia, están viviendo, con la llegada del COVID-19, una prueba de resistencia profesional, pero también emocional. 

Quedamos en una cafetería con esta sanroqueña de 40 años, especialista en Medicina Intensiva, tras una noche de guardia en la UCI, la unidad a la que, en el argot sanitario, se conoce como la última puerta a la esperanza, el lugar en el que se realizan los últimos intentos por salvar una vida. Más de 15 profesionales (el doble desde que llegó la pandemia) trabajan cada día en equipos compuestos por médicos, enfermeros, auxiliares, celadores y personal de limpieza que, guardia tras guardia, dejan atrás el miedo a enfermar y a contagiar a su familia para centrarse únicamente en el paciente. “El miedo que vivimos en los meses de abril y mayo es un sentimiento humano. No solo somos sanitarios, somos personas con familias; no sabíamos a qué nos estábamos enfrentando y esa sensación de no controlar la situación era muy dura para nosotros. Pese a todo eso, siempre tuvimos claro que había que hacerlo, y creo que lo conseguimos gracias al amor que le tenemos a nuestra profesión”, cuenta.

Una trabajadora sanitaria se coloca el EPI, su coraza.

El trabajo en una unidad de cuidados intensivos requiere de un grupo compacto, unido, en el que los profesionales afrontan su cometido desde la responsabilidad profesional. Cada mañana, el equipo sanitario evalúa la situación y el estado de los pacientes, y establece las diferentes líneas a seguir en esa pelea por salvar sus vidas. “La llegada del COVID-19 nos ha hecho más fuertes. Hasta ese momento cada uno teníamos nuestro cometido y estaba muy definido qué nos tocaba hacer. Ahora, esa frontera es mucho más difusa y a veces hacemos la tarea del auxiliar o del celador porque, lo verdaderamente importante, es que ninguna pieza falle”, explica la responsable de la UCI del hospital linense. 

Esta fortaleza les ha servido para soportar las duras pruebas a las que esta terrible pandemia ha puesto al personal sanitario desde sus inicios. “Los primeros meses nos íbamos formando con las publicaciones que sacaban los comités científicos. Atendíamos y aprendíamos. Todo el que pudo aportar algo para que el hospital de al lado lo tuviese en cuenta, lo hizo, y lo hizo en su tiempo libre”, señala la responsable de la unidad. 

Dos sanitarios, separados por un plástico de protección.

La atención a los pacientes COVID-19 requiere una exigencia muy alta. El personal médico trabaja sobre la evidencia científica y, con el coronavirus, la evidencia es aún escasa. “En ciencia, lo que está demostrado es mucho más fácil de asumir. Lo tienes estructurado, sabes qué hacer y cómo; pero cuando de repente la ecuación no funciona y el comportamiento de los pacientes no es el mismo, lo tienes más complicado. Esto nos ha obligado a individualizar los tratamientos para obtener mejores resultados. Es cierto que existen perfiles descritos, pero el día a día nos demuestra que hay mucha gente que no responde a ninguno de ellos, y esa es la situación que más nos preocupa; cuando entra alguien joven, sin patologías previas…, lo que para nosotros es un enfermo sano”, explica la doctora. 

“Las únicas manos que tocan, los únicos ojos que ven”

Pero este no es el único desafío que ha presentado el virus. La complejidad de la enfermedad ha provocado una afección personal en los sanitarios, convertidos ahora en la familia de los pacientes COVID. “Somos las únicas manos que tocan, los únicos ojos que ven, los intermediarios entre la familia y el paciente; y este nuevo escenario arrastra una carga emocional que nunca habíamos vivido. Hace poco ingresé a un hombre de 50 años que me dijo: ’Ana, haz lo que sea para sacarme de aquí’. Y esto es así porque somos la única vía de escape del enfermo que está en la cama. Escucharlos, más de lo que hacíamos habitualmente, es estos momentos fundamental”, añade la especialista. 

Pero si duros son los turnos, difícil la implicación emocional, más terrible es la muerte provocada por el COVID-19. Un duelo al que sus familiares se enfrentan desde una conversación telefónica con el médico, sin contacto alguno con su ser querido. Los médicos y las familias han estrechado sus lazos de una forma nunca imaginada. Conocen sus preocupaciones, sus temores… y hasta el nombre de sus hijos. “Las demostraciones de cariño y de apoyo son mucho más vivas. La gente te agradece esos minutos al teléfono, aunque estés sin comer. Necesitan saber, necesitan ser escuchados”, aclara Ana Cabrera.

Profesionales sanitarios, cara a cara con el coronavirus.

La doctora siente que desde el comienzo de la crisis el reconocimiento que la sociedad hace de su trabajo es más visible, pero también que pueden pasar de héroes a villanos “en un rato”. “Yo no quería que me aplaudieran, yo quería que se quedaran en casa, que nos cuidaran a todos, que fuesen responsables. No vi mal que hicieran eso cada día, y creo que era una vía de escape que la gente necesitaba, pero lo que nos sirve de verdad es que la gente haga lo que tiene que hacer pensando en todos”, explica la intensivista. 

Cuando le preguntamos a Ana Cabrera por esa corriente negacionista, que niega la existencia del virus, su respuesta es muy clara: “Los traería a la UCI unos minutos, los metería ahí dentro, en la cristalera, solo un ratito… Me parece estupendo que haya gente que quiera contagiarse o no le importe contagiarse, pero su derecho a la libertad termina donde empieza el derecho del resto a vivir; y ahora hay mucha gente que se ha muerto a la que no le tocaba morirse”. 

Pasillo de la UCI del hospital comarcal de La Línea.