domingo, agosto 1, 2021

Los invisibles
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A veces (demasiadas veces) nos comportamos como si viviéramos rodeados de seres invisibles. Fantasmas de carne y hueso que están aquí, entre nosotros, esperando sin esperanza a que reparemos en su presencia, en sus dolores, que deberían ser los nuestros, pero que la sociedad egoísta, consumista y siempre con prisas en la que nos hemos convertido ignora una y otra vez, salvo cuando toca dedicarles, por el motivo que sea, unos minutos de telediario. La actualidad, lo llaman entonces. Luego les olvidamos otra vez… y a otra cosa. Con la misma frialdad y la misma inconsciencia con la que un niño chico se aburre de un juguete usado.

He pensado mucho en ello durante estos días grises, en esta ya cotidiana actualización periódica de datos de positivos en Covid-19, de hospitalizados, de curados, de ingresos en UCI, de muertos. Anestesiados por sumas y restas (cuando no multiplicaciones) que desde hace ya casi un año se han convertido en rutina, a veces olvidamos que hablamos de personas, de semejantes con nombre y apellidos, con familia o sin ella, con amigos que les quisieron y problemas que, a veces, les hicieron la vida cuesta arriba, con proyectos por cumplir o ilusiones perdidas… con una historia, grande o pequeña, conocida o desconocida (la suya, la de cada uno), detrás.

Y entre todas esas cifras, entre todos esos números que no son números, sino seres humanos, no he podido evitar sorprenderme (aunque ya pocas cosas me sorprenden) del escaso eco, la poca atención recibida, por una cifra tan sobrecogedora y, a la vez, tan triste, como la de los ancianos que se nos están muriendo en esos lugares que llamamos «residencias».

Un total de 240 «usuarios» (eufemismo vacío donde los haya) han perdido la vida desde el inicio de la pandemia en la provincia de Cádiz, 83 de ellos en nuestra comarca, «confinados» desde mucho antes de que nos confinaran a todos en geriátricos de los que no pueden salir, salvo con ayuda, y a veces ni eso. Mayores, muchos de ellos dependientes, que no se han echado a la calle, con la mascarilla mal puesta o sin ella, a correr el riesgo de pillar el coronavirus, sino que han visto como el virus entraba por la puerta y se colaba en sus habitaciones, con bata blanca, uniforme o con permiso de visita, sin que nadie haya sido capaz de preverlo o de impedirlo.

En una de estas residencias, Nuestra Señora del Rosario, en Los Barrios, la última cifra de fallecidos por Covid-19 es para echarse a llorar sin consuelo en un rincón y preguntarse, una y otra vez, qué es lo que estamos haciendo tan mal. 46 ancianos muertos van por ahora, al escribir estas líneas, todos ellos con la primera dosis de la vacuna ya puesta. 46. Y no parece que haya «pasado» nada todavía.

¿Se imaginan que estuviéramos hablando de 46 niños muertos por un brote en un colegio? ¿O de 46 adolescentes metidos en cajas de pino por un contagio masivo en las aulas de un instituto? Habría ardido ya Troya, habrían rodado cabezas en algún que otro despacho, se habrían inundado las redes sociales con fotos de velas y peluches, que coparían también horas y horas de tertulias televisivas… Pero como son 46 viejos y viejas, pues eso, que parece que se ve como «normal». Ley de vida, dirán todavía algunos, con toda la falta de empatía y toda la poca vergüenza del mundo.

Espero que no sea esto la nueva «normalidad» de la que nos hablaban… Espero que toda esta pesadilla sirva, al menos, para que nos empecemos a replantear ciertas cosas, para que nos paremos a pensar qué clase de sociedad estamos construyendo, qué clase de mensajes subliminales estamos mandando a las generaciones que heredarán lo que quede de esta sociedad que iba a ser mejor, una película de Disney, cuando sonaba el «Resistiré» y aplaudíamos a las 8 en los balcones.

Espero que hablemos también, más y mejor, de los invisibles, de lo que podemos hacer realmente para que no lo sean tanto. Porque todos lo seremos, algún día.

+ QUE 8

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