Hay historias que empiezan con una imagen difícil de olvidar. La de varios niños corriendo en el patio de un orfanato ucraniano al grito de “mamá” y “papá”, esperando que alguien también los sacara de allí, fue el origen de la Asociación de Niños de Ucrania y Andalucía, una entidad pequeña en recursos, pero enorme en compromiso.
Su directora, Lola Pérez, y su subdirector, José Antonio, han repasado con nosotros la trayectoria de una asociación que lleva activa desde 2003 y que nació en pleno auge de las adopciones internacionales. Una familia del Campo de Gibraltar viajó entonces a Ucrania para adoptar a un menor y regresó a España con sentimientos encontrados: la alegría de traer a su hijo y la tristeza de dejar atrás a decenas de niños en el orfanato.
De aquella experiencia surgió una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿qué se podía hacer por ellos? La respuesta fue crear una asociación que, sin poder gestionar adopciones, sí podía abrir una vía de acogida temporal para que esos menores pasaran temporadas en Andalucía, alejados de la pobreza, la falta de recursos y la dureza de los orfanatos.
Durante años, el programa permitió que niños ucranianos llegaran en verano y Navidad para convivir con familias andaluzas. Eran estancias pensadas para ofrecerles alimento, cuidados médicos, estabilidad, cariño y una experiencia de vida diferente. Pero la guerra lo cambió todo.
Cuando el conflicto estalló en 2022, la asociación dejó en segundo plano los programas habituales y centró sus esfuerzos en evacuar a menores y familias. Según han relatado sus responsables, organizaron cinco viajes desde la frontera con Polonia hasta España, en los que llegaron a trasladar a unas 200 personas. Mujeres, niños, abuelas y familias enteras emprendieron un trayecto de tres días marcado por el frío, la incertidumbre y el miedo.
José Antonio, subdirector de la asociación, recuerda especialmente el primer viaje, por la dureza de la escena en la frontera: familias saliendo de madrugada, niños pequeños, silencio absoluto y una sensación de urgencia difícil de describir. La asociación tuvo que enfrentarse, además, a la dificultad económica de cada desplazamiento, con autobuses que llegaron a costar entre 9.600 y más de 14.000 euros.
Nada de aquello habría sido posible sin la ayuda de empresas, particulares y personas anónimas que hicieron aportaciones para cubrir los viajes, los alojamientos y la atención inicial de quienes llegaban. En el camino, también encontraron gestos de solidaridad inesperados, como el de un hotel en Francia que les abrió sus puertas de forma desinteresada durante las paradas de descanso.
A pesar del paso del tiempo, la guerra sigue muy presente en la vida de las familias ucranianas con las que trabaja la asociación. Sus responsables advierten de que la situación no ha mejorado, sino que el desgaste psicológico y económico es cada vez mayor. Las sirenas, los drones y los bombardeos forman parte de una rutina que se ha vuelto insoportable para muchas familias.
La entidad mantiene un contacto directo y diario con Ucrania a través de Natalia, su representante en el país, que se encarga de coordinar con las autoridades ucranianas la situación de los menores, sus necesidades y la documentación necesaria para los viajes. Todo el proceso se realiza de forma legal, con permisos notariales, pasaportes biométricos, seguros y la autorización de las familias y de los organismos competentes.
Este verano han llegado a Andalucía 47 menores. Algunos proceden de zonas especialmente golpeadas por la guerra y llegan con historias muy duras detrás. La asociación explica que muchos niños vienen con hambre, miedo, cansancio y una carga emocional profunda. Algunos se asustan al escuchar fuegos artificiales o sirenas, porque su mente los lleva directamente al sonido de las bombas.
Por eso, estas estancias no son unas simples vacaciones. Para estos menores, pasar unos meses en Andalucía significa comer bien, dormir tranquilos, ir a la playa, recuperar peso, recibir atención y sentirse protegidos. Es, sobre todo, un respiro.
La labor de la asociación no termina cuando los niños regresan a Ucrania. Durante años también han llevado ayuda humanitaria, alimentos, reformas a orfanatos, arreglos de tejados, perforación de pozos y hasta la compra de viviendas para familias en situación de extrema necesidad. Para sus responsables, ayudar a un niño también implica intentar que su familia en Ucrania pueda salir adelante.
La asociación funciona de forma voluntaria y sin ánimo de lucro. Cuenta con alrededor de 120 socios, además del apoyo de particulares, empresas, la Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras y el Ayuntamiento de San Roque. Aun así, sus responsables reconocen que necesitan más ayuda para poder sostener los programas.
Quienes quieran colaborar pueden hacerse socios a través de la web ucraniayandalucia.es o contactar con la asociación en el teléfono 629 622 489.
