La quinta (puesta en escena) de Thalassa Orchestra en el Teatro Florida se movió sobre el poso dejados por los conciertos anteriores. Motus, así se llamó el este sábado, se centró, como indica su nombre en latín, en el movimiento, en el impulso de moverse, en la danza. Gustó de nuevo la iniciativa dirigida por la algecireña Irene Delgado-Jiménez, que ya coge ritmo y se consolida en la escena cultural de Algeciras. Incluso tiene ya sus propios códigos en una conexión entre orquesta y público que va a más.
La directora algecireña propone programas alejados del mainstreim (lo más popular) clásico, rebusca en sus influencias, se trabaja una narrativa y la pone en escena con músicos profesionales. Esta vez trajo deliciosas novedades. Centrándonos en la más celebrada y especial tenemos que hablar del arpa, instrumento llegado de las manos de Claudia Feng. No es fácil saber si es la primera vez que se toca este instrumento en el Teatro Florida, pero desde luego es algo que no ocurre a menudo. Llenó el recinto de notas místicas con Danse sacrée et danse profane de Debussy. Un regalo.
Los conciertos de Thalassa Orchestra están libres de complejos. Irene hace una introducción pedagógica -qué necesaria es la pedagogía hoy en día- para que el público no sólo escuche sino que entienda lo que escucha y, así, lo disfrute más. La algecireña lo hace, además, sin pizca de condescendencia, al revés, con naturalidad, cercanía y gracia -también necesaria-. Otro acierto que algún primerizo celebraba especialmente en el patio de butacas.
Motus contó con una primera parte dedicada a las danza populares, para la que se interpretaron piezas de tres compositores. De Béla Bartók, un autor búlgaro que recolectaba melodías de los campesinos y las trasladaba a la música académica, sonaron Romanian Folk Dances. Continuó el concierto con el compositor griego Nikos Skalkottas, del que se interpretó cinco de sus 36 Danzas Griegas. Con tanto movimiento y ante el riesgo de resbalar, la directora algecireña acabó dirigiendo descalza. Como en casa. La primera parte se cerró con una autor más conocido, Debussy, con el arpa de Claudia Feng envolviéndolo todo.

Tras el descanso, la directora se acordó de los colaboradores de Thalassa Orchestra y recordó a Magda Belloti, una reciente y gran pérdida de la cultura algecireña. Para la segunda parte, a los músicos de cuerda se sumó el viento del fagot y la flauta para interpretar la Quinta Sinfonía de Franz Schubert. Los integrantes de la orquesta de Thalassa también se sienten más cómodos y conjuntados en cada concierto.
Para cerrar con los bises, una curiosidad. Algeciras ha adoptado, desde el anterior concierto de Thalassa, la quinta danza griega de Skalkottas, titulada Kléftikos, como su propia Marcha Radetzky, y el publico acaba acompañando la pieza con palmas bajo la divertida batuta de Irene Delgado-Jiménez. Cosas de una tierra especial.
Thalassa Orchestra, que nació como el sueño de una directora de orquesta algecireña que quiere compartir su pasión por la música clásica con su ciudad, es hoy una realidad pero también tiene necesidades y dificultades. Sus conciertos tienen escasa promoción y apoyo público-privado -apenas Guadacorte SA y el Ayuntamiento aparecen como colaboradores-. A falta de recursos, mucho ingenio como muestra la iniciativa Apadrina un músico, que consiste en que algecireños acogen en sus casas a miembros de la propia orquesta durante los días previos al concierto para que tocar en la ciudad no le suponga un coste. El esfuerzo tiene recompensa y Algeciras, cultura de calidad, que falta hace.