En 1980 se publicó una novela, en apariencia, lejana a los cambios sociopolíticos que inauguraba nuestro país en aquella década sublime en la que conocimos las intermitencias de la ilusión del cambio. ¿Dónde está nuestro error sin solución? Guillermo de Baskerville y su tierno pupilo Adso se veían inmersos en la investigación de una serie de misteriosos asesinatos, todos con un libro en común, una obra peligrosa que bien valía acabar con la vida de quien osara adentrarse entre sus páginas. La tragedia expansiva lleva a una solución que ya planteó Cervantes casi cuatrocientos años antes, y el nazismo replicó ortodoxamente. Ante la amenaza silenciosa de la verdad que esconden los libros nada mejor que un buena quema de ejemplares, fuego divino, incitación a la jauría de los ignorantes y cenizas como testimonio de un orden a sostener. Mandan quienes saben mantener a muchos, a casi todos, a cuantos más mejor, lejos del saber.
Hoy en día estas purgas colectivas se multiplican a golpe de likes, en convocatorias infames que vociferan falacias a hombros de una turba irreflexiva de farra frente a las puertas de nuestras universidades. Si Unamuno levantara la cabeza nos diría aquello de que “es menester que la gente aprenda a leer con los oídos”. Ya nadie se acuerda de las Bibliotecas públicas con el sentido que tuvieron en el momento de su creación allá por el siglo V a.C. La producción literaria y filosófica están arrinconadas en la vorágine del negocio editorial. No hay que sorprenderse, el capital siempre ha sido conservador y, a la hora de construir nuestro deseo, lo que importa no es impulsar nuestro pensamiento crítico ni nuestra capacidad de análisis, sino el zafio marketing del circo de los premios que bien parecen estar afincados en otros planetas, lejos, muy lejos de la realidad del nuestro.
Así las cosas, entrar hoy en día en una biblioteca pública puede ser uno de los actos de resistencia más revolucionarios que podamos ejercer. Pensemos en esto detenidamente. Hablamos de encerrarnos en un espacio compartido con desconocidos, con la obligación de mantenernos en silencio, rodeados de cientos de oportunidades letales de crecimiento interior, de intercambio unidireccional de ideas que han construido todos nuestros errores y todos nuestros aciertos, expuestos al vértigo absoluto de abandonar la caverna y caminar hacia la luz. Más de uno, más de una, estará pensando en que en casa, dando un uso altruista a su tiempo, es posible experimentar todo esto gracias a las bibliotecas virtuales. No seré yo quién le quite a usted las ganas. Sin embargo, me gustaría hacerle una invitación. Póngase cómodo, haga usted hueco en su asfixiante agenda diaria (si lo piensa dos veces encontrará, seguro, esos momentos elásticos que se van por el desagüe de las redes) y camine, digo camine como quien dice trasládese como buenamente pueda, a la puerta de una biblioteca pública. Enfréntese al rechazo de entrar, de callarse, de mirar los lomos de las obras expuestas, de tomar consciencia del tiempo detenido que supone premeditar una búsqueda activa de intereses personales sin algoritmos, sin buscadores tendenciosos, sin necesidad ninguna de hacer lo que está haciendo. No se resista, le desafío. Hágalo, aunque piense que es inútil, pero hágalo, precisamente porque puede, porque formamos parte de ese reducto de la población mundial que, azarosamente y sin merecerlo, tiene el privilegio de poder entrar en una biblioteca pública, no para producir nada, sino simplemente por placer, o, quizás en su caso, por disgusto, por perder el tiempo ganando esta apuesta, y aún así, será usted libre de demostrarse de lo que es capaz. ¿O acaso tiene miedo de que algún libro le cambie la vida?
El monje con el que comenzamos nuestra historia se interesaba por algo mucho más importante que la propia verdad, defendía la libertad de buscarla, el amor por la curiosidad humana, la experiencia de descubrirnos capaces de querer conocer el mundo por nosotros mismos. Cerraba Umberto Eco su obra “El nombre de la rosa” con una advertencia estremecedora por su vigencia en este mundo virtual que nos devora, tengamos cuidado no vaya a ser que para cuando queramos conocer a la rosa, de ella tan solo quede el nombre. Que no nos pase lo mismo con las bibliotecas. Nunca es tarde para abrir los ojos.
El día mundial de la bibliotecas es hoy, es cada día. Felicidades a todos.
