Qué no daría yo

Escritora y profesora.
19 de Octubre de 2025
Qué no daría yo

El paso del tiempo transforma nuestra realidad tanto como a nosotros mismos, y una buena medida de cuántos cambios acumula nuestra sociedad  se esconde en la evolución de las palabras con las que nos comunicamos. La etimología se encarga de hacer ese viaje y descubrirnos cómo han ido evolucionando los significados que atribuimos a nuestra forma de nombrar el mundo que habitamos y compartimos. Pongámonos rigurosos por un momento. El martes pasado un escalofrío, un latigazo sordo, nos hace saber que Sandra Peña Villar no volverá a casa de sus abuelos el próximo verano a Chiclana a pasar sus vacaciones, que no cumplirá 15 años, que no irá más al campo del Betis con su familia ni volverá a quedar con sus amigas, porque a la vuelta del colegio se ha quitado la vida, se ha suicidado, y con su muerte ha quedado expuesta la sinrazón de la violencia en la que sobrevivía en los pasillos de su centro educativo.

La palabra violencia proviene del latín violentia que en su sentido primario designa a aquello que altera lo que debería seguir su propio curso, es decir, atendiendo a este matiz, la violencia es en esencia una idea de interrupción, específicamente una interrupción forzada. El suicidio de Sandra (su familia pide que su nombre no se olvide) es una “muerte violenta”, en propiedad lo es, su vida ha sido interrumpida, la semántica es precisa, inapelable.

Lo verdaderamente preocupante como sociedad, es que se nos olvida que todos formamos parte de esa violencia.

¿Cuántas veces miramos hacia otro lado frente a una injusticia? ¿Cuántas veces callamos para ahorrarnos una confrontación? No me digan que no han esquivado más de un vez, más de dos,

-que siempre que pueden lo hacen- esa situación cotidiana, anodina, en la que frente a una agresión de cualquier tipo, -gestos maleducados, discursos de odio, comentarios sexistas, denigración de las discapacidades, bromas homófobas, tránsfobas, prejuicios clasistas, micromachismos, descalificaciones xenófobas, desautorización de las víctimas de violencia de género, burlas racistas, mofas al equipo contrario, recochineo en las desgracias ajenas, guasas malsanas sobre los cuerpos de los demás y cachondeos infames sobre los gustos de los que no siguen las modas, el catálogo es inagotable…- consideran mejor para ustedes minimizar, blanquear al fin y al cabo, el componente violento implícito del momento, y seguir su camino.

A lo largo de los años el peso de banalizar todas esas situaciones acaba por insensibilizarnos, por adormecernos, se impone el silencio como respuesta y quienes aprenden de nosotros, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros enemigos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, nuestras parejas, todos, todos acabamos por desconectarnos emocionalmente de los demás. Nos atomizamos en burbujas de confort de pago. Virgencita, virgencita que me quede como estoy. Rota la empatía afloran el desapego y la crueldad. Las redes como altavoces expansivos. El goce de la sinrazón, la lujuría del placer en la tortura sostenida sobre el más débil…que más débil es cuanto más solo está, cuanto menos se le escucha y se le ignora, mientras acecha la muerte como fuga. La huida sobrevenida.

Se deben revisar, por supuesto, todos los protocolos preventivos, su aplicación o la negligencia en el desempeño y actuación de los responsables en todos los organismos afectados, desde el centro educativo hasta los tutores de las menores agresoras, a ellas mismas incluso, nadie debe quedar impune ni por acción ni por omisión si se agredió, si se vejó, o si negó auxilio, si no se prestó socorro. Nadie debe quedar fuera de una investigación exhaustiva por parte de las autoridades competentes. Caiga el peso de la ley sobre todos los que han participado en el suicidio de Sandra.

Para quienes solo fuimos espectadores consternados queda pendiente una profunda reflexión acerca de todo lo que, cada día, acomodamos para evitarnos confrontar todas estas violencias que toleramos impasibles. Y lo que es aún peor, lo hábiles que somos para engañarnos y no reconocer que participamos activamente en la continuidad de esta violencia estructural, que la alimentamos entre todos, precisamente porque callamos. El silencio también se aprende.