Castellar de la Frontera vivió este Viernes Santo una conjunción de tres luceros de fe con el Cristo de la Almoraima, Nazareno y Angustias. En un fondo tenue que regalaba el atardecer y con las primeras estrellas despuntando en el firmamento, las imágenes chisparreras iniciaron una procesión cargada de solemnidad y devoción.
Cientos de fieles esperaban en los alrededores de la Parroquia del Divino Salvador y Nuestra Señora de los Dolores y la Plaza de Andalucía. Las puertas del templo se abrieron y, con un caminar lento, comenzó a asomar Nuestro Padre Jesús Nazareno, un Cristo que soporta el peso de la cruz mientras apoya su mano derecha en una roca y parece mirar al horizonte o a un cielo de esperanza. La Banda de Música de Jimena de la Frontera acompañó la salida con sus sones.
Detrás salió el Alcalde Perpetuo de Castellar, el lucero mayor de la devoción chisparrera. El Santísimo Cristo de la Almoraima, imponente imagen que databa de 1603, se reencontró una vez más con su pueblo. Su figura de crucificado, recortada sobre la luz mortecina del atardecer primaveral del Viernes Santo, sobrecoge y queda en la retina hasta el próximo año. El fervor igualaba con el recogimiento al que invitaba la imagen, que avanzaba por la Plaza de Andalucía flanqueada por devotos, pero, sobre todo, por vecinos y vecinas.
Las promesas al Cristo de la Almoraima se alargaban hasta el siguiente paso de la hermandad, Nuestra Señora de las Angustias. La talla de la Virgen con su Hijo en sus brazos desprende fuerza, pesar y mucho amor, el mismo que mostraban las mujeres del pueblo que portaban el paso desde su salida del templo.
El firmamento, que arrojaba su última luz, ya estaba completo. Los tres luceros de la fe chisparrera brillaban con fuerza en la noche solemne del Viernes Santo.